IMSS, DONDE HASTA ATENDERSE DA MIEDO
Hoy confirmé algo que desde hace años muchos mexicanos ya saben, pero que solamente entiendes de verdad cuando ves a tu madre doblada del dolor en una silla de hospital público.
En México no solamente da miedo enfermarse.
Da miedo atenderse.
Yo traigo desde hace tiempo algunos problemas de salud y ahí voy, poco a poco, atendiéndome en el Issste como cualquier ciudadano normal. Filas, citas, vueltas, malos modos y esa eterna sensación de que uno le estorba al sistema por existir.
Pero hoy, antes de las once de la mañana, me hablaron de urgencia.
“Vete al Seguro”.
Y desde que escuché “IMSS” sentí ese miedo que sienten millones de personas cuando saben que van a entrar a un hospital público donde la suerte vale más que el diagnóstico.
Y sí, otra vez era mi madre.
Hace algunos meses ya habíamos vivido algo parecido. Incluso escribí aquí mismo cómo prácticamente nos la habían desahuciado después de todo el coraje y el desgaste que vivimos. Hoy parecía repetirse la historia.
Llegué al Seguro Social y lo primero que encontré fueron familiares destruidos. Gente con ojos cansados. Personas dormidas en sillas. Mujeres llorando. Hombres desesperados preguntando información que nadie les daba.
Unos parientes me dijeron que un familiar había salido de cirugía desde el día anterior y seguía en el mismo lugar porque no había camas para subirlo a piso.
No había camas.
Imagínese eso.
Sobrevivir una operación y aun así seguir tirado ahí porque simplemente el sistema está reventado.
Después entré al área de consultas y parecía zona de guerra. Gente retorciéndose del dolor. Adultos mayores prácticamente abandonados en las sillas. Personas gritando. Familias enteras mirando a todos lados sin entender qué estaba pasando.
Y ni siquiera era urgencias.
Era consulta.
Mi madre venía precisamente de consulta. De ahí la mandaron a urgencias. En urgencias le hicieron estudios. Después la mandaron a otro lugar. Luego otra vez la regresaron.
Mi madre hecha bolita del dolor mientras el Seguro la movía como si fuera una carpeta vieja y no un ser humano.
Tuve que hablarle a amigos para pedir ayuda.
Y eso también da coraje.
Porque en México muchas veces no te atienden por gravedad. Te atienden porque conoces a alguien.
Así funciona este país, aunque se hagan los ofendidos cuando uno lo dice.
Finalmente logramos entrar con una doctora y bastaron dos minutos para entender por qué tanta gente termina explotando dentro de los hospitales públicos.
“¿Quién la atendió?”, preguntó.
Le dije que no sabía porque yo apenas acababa de llegar.
Y todavía tuvo el descaro de responder:
“Traen pacientes y ni saben quién los atiende”.
No aguanté.
Le dije que ahí estaba el expediente, que ella trabajaba ahí, que revisara. Y todavía contestó que eran más de mil doctores y que cómo quería que conociera a todos.
Entonces le dije algo que probablemente miles de mexicanos han querido decir frente a un escritorio del Seguro Social:
“A mí me vale purísima madre si usted no los conoce. Menos yo. Haga su trabajo. Y si no quiere hacerlo, deje que alguien más sí quiera”.
Me salí antes de terminar peor.
Y afuera seguía el retrato del fracaso.
Guardias de seguridad renegando porque no les pagan completo. Algunos diciendo que les deben vacaciones desde hace años. Soportando el calor, el estrés y el abandono igual que todos.
Y ahí entendí otra vez algo muy cabrón.
El Seguro Social no cambia.
Ni va a cambiar.
Podrán llegar presidentes, gobernadores, delegados y discursos prometiendo “el mejor sistema de salud del mundo”. Podrán salir todos los días a decir que ya somos Dinamarca o Suiza o la chingada que quieran inventar.
Pero la realidad sigue oliendo a pasillos llenos, medicamentos agotados y gente desesperada.
Yo ya lo comprobé dos veces acompañando a mi madre.
Y también lo veo cuando acompaño amigos, amigas y conocidos.
Siempre es lo mismo.
Gente corriendo.
Familiares llorando.
Personas gritando.
Adultos mayores esperando horas.
Médicos agotados.
Enfermeros reventados.
Pacientes preguntándose qué chingados está pasando.
Y la pregunta más dolorosa de todas:
¿Por qué nos presumen tanto un sistema de salud que en muchas ocasiones es una mierda completa?
Porque al Seguro parece no importarle.
Al Seguro le vale madre el ciudadano mientras sobreviva el discurso político.
Y a veces uno mira a los médicos, a los enfermeros y hasta a los trabajadores de limpieza y entiende que ellos también son víctimas de un sistema estúpido, burocrático y reventado desde hace años.
Claro que hay médicos sin empatía.
Claro que hay trabajadores déspotas.
Pero también hay otros completamente destruidos por jornadas inhumanas, por falta de herramientas y por un sistema que les terminó apagando cualquier humanidad que alguna vez tuvieron.
Eso también hay que decirlo.
Porque el verdadero problema no es solamente el doctor grosero.
El problema es todo el monstruo.
Un monstruo donde la gente entra enferma y sale todavía más cansada, más humillada y más rota emocionalmente.
Y mientras uno ve a una señora esquivando ambulancias afuera con un paraguas diciéndome:
“Si nos atropellan aquí mismo nos morimos porque nunca atienden”.
Uno entiende perfectamente que el mexicano ya convirtió la tragedia en humor negro para poder soportarla.
Eso es lo más triste de todo.
Que ya nos acostumbramos.
Todo esto según yo de Goyo 310.


